La Compañía

Ábrego Producciones es una empresa privada con vocación de servicio publico. A lo largo de su trayectoria, los parámetros que la compañía ha utilizado para definir su trabajo, son totalmente subjetivos, priorizando un lenguaje de búsqueda escénica y la rentabilidad social y cultural de sus proyectos, por encima de la trascendencia mediática o económica de los mismos.
Elegimos la diversidad frente a lo concreto, el intercambio de experiencias frente a las doctrinas únicas, el mestizaje en lo teatral y lo vital frente a la pureza, la curiosidad por las incidencias del camino frente al inmovilismo, el gusto por lo desconocido, meter el dedo en la llaga y airear los trapos al sol.

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PUNTO FINAL
LA INVESTIDURA

INTÉRPRETES: FERNANDO MADRAZO Y PABLO ESCOBEDO
AUTORES: AUREO GOMEZ Y PABLO ESCOBEDO
DIRECTOR: PATI DOMENECH

La idea de unir dos piezas de diferente autoría con una conexión temática surge por un lado de la  voluntad de Abrego por otorgar un papel destacado a la dramaturgia de Cantabria en La Muestra Internacional de Teatro Unipersonal Solo tu y por otro de la necesidad reflexionar sobre un tema de máxima actualidad, tal como resulta la deriva autoritaria a la que nos conduce la sociedad de la hiperinformación.

La obra  en su conjunto plantea al igual que la claustrofóbica fabula del totalitarismo  Orwelliano de “1984” una distopía posible a la que se enfrenta la sociedad contemporánea.
El uso masivo de la tecnología para acumular datos personales, laborales, económicos de los ciudadanos/consumidores en beneficio de las elites dominantes, se ha convertido en una evidencia contrastada tras los últimos escándalos de  la intromisión  de las redes sociales en este ámbito.
Un teléfono móvil puede ser mas eficaz que el mas astuto de los espías, y además no cobra dietas ni honorarios, al contrario el usuario consumidor paga un alto precio por el. Tampoco podemos olvidar el hecho de que no descansa nunca.
A partir de estas y otras evidencias de las cuales todos somos responsables y victimas, arrancan las dos historias que conforman “Punto Final”
En el primero, firmada por Áureo Gómez  se plantea la situación de un hombre al que como nos puede suceder a todos en un momento dado, su pasado/rastro digital desciende de la nube para exigirle saldar cuentas pendientes  con el poder. A nuestro antihéroe no le queda otra opción que huir para sobrevivir, romper con todo y con todos. Resetearse, renunciar a su identidad para no dejar rastro alguno.
Es una historia pequeña, pero paradigmática en su esencia, en la que si lo pensamos bien, todos podríamos acabar inspirando el papel protagonista.
Esta pieza, primera en representarte tiene su contrapunto en la segunda parte del espectáculo, escrito e interpretado por Pablo Escobedo y titulado “La Investidura”.
La escena plantea una reflexión, en clave de sátira, de un político anónimo horas antes de su discurso de investidura. Mezcla realidad y ficción, en un juego de mentiras y verdades dentro y fuera de la teatralidad y de la política.
Las dos piezas mantienen una conexión virtual en sintonía con el planteamiento distópico que anima todo el montaje, y que en su transcurso hace que encajen como las piezas de un rompecabezas.
El elenco actoral formado por Fernando  Madrazo y Pablo Escobedo, con muchos años de profesión,  responde sólidamente al planteamiento escénico, dotado de humor e ironía. La dirección de Pati Domenech aúna una vez mas cuestionamiento ético e innovación estética, características habituales de las producciones de Abrego.

EL FARADIO. CRITICA

14 DE ABRIL DE 2019. POR FERNANDO LLORENTE

DOS MIRADAS DISTÓPICAS

Cuando en un escenario coinciden, en línea con el público, dos textos inteligentes, dos autores lúcidos y dos actores en estado de gracia, que es su estado natural, se produce un fenómeno teatral, mal comparado -¿mal comparado?-, como el acontecimiento, que ocurre en nuestra galaxia, cuando el sol o la luna se alinean con la tierra, más allá de las estrellas. Con una diferencia: así como en la parte que les corresponde del universo, sol y luna se eclipsan, según sus respectivas posiciones, en el espacio escénico no siempre las estrellas teatrales anulan la luz de la otra, sino que la refuerzan. Esa feliz coincidencia de autores, textos y actores se dio en La Teatrería de Ábrego, los días 12 y 13 de abril, cuando se representó “Punto final”, programada en la V Muestra Internacional de Teatro Unipersonal SOLO TÚ

El espectáculo, dirigido por Pati Domenech, consta de dos partes, con sus textos, sus autores y sus actores propios. Se podría haber cambiado el orden de las partes, pues no habría alterado la correspondencia entre ambas, por cuanto, si es verdad que la causa precede al efecto, no es menos verdad que el efecto puede llevar a la causa. Así, en la primera parte se representa el efecto, en el personaje que interpreta Fernando Madrazo, un actor de raza, que se transfigura cuando pone un pie en el escenario; cuando ya ha puesto los dos, se pone difícil distinguir entre el intérprete y el interpretado, tal es la identificación, por más que tan provisional, como artificial, del uno con el otro. El personaje es un intelectual, que ha caído en desgracia, hasta la indigencia, al que el punto final de su obra, y de su vida, lo pusieron otros, que no las habían escrito ni vivido. El autor, Áureo Gómez, toma como referente el texto del alemán Martin Miemöller, mal atribuido a Bertolt Brecht, “Vinieron a por…”, que lamenta la cobardía de los intelectuales alemanes, tras el ascenso del nazismo, y la subsiguiente persecución, tormento y muerte de colectivos pertenecientes a etnias e ideologías “impuras”. En su texto, el autor pone de manifiesto la retirada de los intelectuales a los cuarteles académicos, donde la crítica es más fácilmente controlable. Fernando Madrazo encarna a ese intelectual, que quedó sin nadie que le defendiera, cuando fueron a por él, que fue el último. Dos voces suenan en el personaje: la de una rebeldía sofocada, y la de una exculpación resignada. El actor ofrece, una vez más, una creación interpretativa, mediante un diálogo del personaje consigo mismo, que tiene como interlocutor a un público, trasunto de la sociedad actual, acostumbrada a los tics antidemocráticos de las democracias modernas.

En la segunda parte, autor y actor es el mismo, Pablo Escobedo, quien dibuja un retrato del político demócrata a la española, para el que no le faltan modelos, y de todos toma algo, para mostrar un espíritu perverso común. Un candidato a la presidencia del Gobierno prepara el discurso de investidura, al que pretende dar un nuevo tono, pero no puede evitar incurrir en todos los tópicos de los discursos políticos, más si se aspira a gobernar, que es a lo que aspiran todos. El autor ridiculiza a los beneficiarios de unos discursos, en los que no hay una frase para la verdad, y al tiempo alerta las conciencias de los damnificados. Se vale para ello del boxeo, como metáfora de las contiendas políticas, en las que los púgiles, todos, vencen por puntos, que se reparten, mientras que los asistentes al espectáculo pierden por KO. Pablo Escobedo, actor, dota al personaje creado por Pablo Escobedo, autor, de un dinamismo, a ratos trepidante, repartiendo con los puños enguantados golpes al aire, bailando al ritmo de músicas mitineras: violencia sublimada en forma de discurso con el que persuadir, más que convencer. El actor caricaturiza a unos personajes, pues son muchos los que caben en el mismo, todos bajo el máximo común denominador del ansia de poder. Y, al tiempo, apela a los destinatarios del discurso -el público-, para ponerlos en guardia. Pablo Escobedo despliega un repertorio de recursos corporales, gestuales y verbales, ejecutados con tanta profusión, como precisión, para tornar la crítica en sátira, que ponga al descubierto lo de farsa, más que de comedia, que exhibe la política. Por ello, provoca en el espectador una risa, con toda su carga de reflexión a cuestas, para no relegar, la reflexión, hasta la víspera del día de acudir a las urnas.

Como una distopía se ha presentado “Punto final”. El diccionario define distopía como “una sociedad ficticia indeseable en sí misma”, que tiene lugar en “novelas, ensayos, cómics, series televisivas…” Y también en el teatro, como es el caso del hecho escénico, que me ocupa. Las distopías de G. Orwell y Aldous Husley fueron tan ficticias -entonces-, como indeseables. La distopía articulada por Pablo Escobedo y Áureo Gómez es tan indeseable, como real -ahora. Pero son ellos, con Fernando Madrazo y Pati Domenech, los cuatro cántabros, quienes la hacen teatralmente disfrutable. A fuerza de buen hacer. Con humor: ácido y tímido, a veces; otras veces, festivo y exultante. Siempre crítico.
Los textos son dos miradas a una misma realidad socio-política, desde dos perspectivas, de las que una lleva a la otra, en un camino de ida y vuelta. Ambos difieren en el tono, si bien la ironía es un elemento que comparten, y que se cifra en un “cara patata”, insulto, quizá mera descripción, por el que el personaje concebido por Áureo Gómez es reducido a los márgenes de una sociedad, donde la libertad de expresión no pasa por sus mejores momentos. “Cara patata” es la anécdota, cuyas consecuencias el personaje ideado por Pablo Escobedo eleva a categoría, golpeando con los puños de sus leyes. ¡Temblad, titiriteros! ¡Temblad, raperos! ¡Temblad, intelectuales críticos, si quedáis alguno! ¡Temblad, malditos, temblad! Vendrán a por vosotros… Ah, que ya han venido.

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